El placer sexual empieza siempre por el amor.
Quien ama a un hombre o a una mujer para constituir con él una familia para toda la vida, hace de su vida una existencia que debe entenderse solamente en Dios.
Porque no se une alguien a una criatura para pasárselo bien, sino para hacer de esa criatura una fuente de vida y de amor.
Y, por eso, los matrimonios que en Dios han puesto su confianza, saben que el fruto de su amor es siempre el hijo que conciben y que buscan siempre. Porque donde está Dios está la vida y donde Dios ha puesto el amor, entonces todo sabe a amor que engendra y que crea siempre vida.
Por eso, quienes usan del sexo sólo para buscar un placer se quedan esperando siempre el fruto de esa unión, que sólo se puede entender en el amor. Porque un placer sexual sin amor es sólo una carne sin esperanza de nada, una carne sin puerta hacia algo más bello que lo carnal.
Sólo el amor da el sentido al placer carnal. Sólo el interés del amor da al interés carnal el justo aprecio de lo que es la carne. Porque sin amor la carne es sólo carne, que produce lo propio de la carne: placer. Pero que no da lo propio del amor, que es el hijo.
Por eso, muchas parejas olvidan en sus uniones el amor para dedicarse sólo al placer y así olvidan la bendición de Dios en sus vidas.
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