El amor sexual es lo propio de los que se aman en Dios.
Es un amor que se compone de deseo carnal y de amor en el corazón.
El amor comienza siempre en el corazón y de ahí pasa al cuerpo.
Cuando el hombre penetra la mujer sin el amor del corazón, el hombre sólo usa la mujer, pero no la ama.
Y cuando la mujer busca al varón por placer sólo, entonces la mujer hace que su vida sea para el placer, pero no para el amor.
La mujer, por ser amor, es un ser que tiene en su corazón el impulso del amor y, por tanto, debe moverse hacia el hombre por amor, no por placer.
El hombre es placer, es un ser que lleva en su sexo el placer y, por tanto, siempre busca su placer en el. Para que ame el hombre debe primero buscar el placer en la mujer, hacer que la mujer llegue a su placer en su sexo y, después el hombre, alcanzará su placer.
Pero el hombre se olvida, con frecuencia de que la mujer también necesita experimentar el placer y no da a la mujer ese placer.
La mujer hay que trabajarla en su sexo para que adquiera el orgasmo propio de su sexo. Si el hombre no la trabaja con su sexo, entonces la vagina de la mujer no llega al orgasmo.
Para que llegue, debe ser la mujer la que dirija el sexo del hombre hacia lo que ella quiere, no hacia lo que el hombre quiere. El hombre sólo quiere derramar y ahí se queda. Pero la mujer quiere el orgasmo de su sexo usando el sexo del hombre hasta las últimas consecuencias.
Por eso, el hombre ante la mujer debe estar disponible a lo que ella quiera y hacer lo que ella desee para conseguir su orgasmo.


