El hombre y su sexo

El hombre tiene tres cosas: pene, huevos, semen.
Por tanto, en el hombre hay tres placeres diferentes. El placer del pene, que se obra desarrollando el pene. El placer de los huevos, que es cuando se abren los huevos. Y el placer del semen, que se hace derramando el semen.
Son tres fases distintas que el hombre puede experimentar en una relación sexual.
Cuando el hombre penetra rápido para derramar, sólo experimenta el placer del derrame y muy poco los otros placeres.
El hombre debe detenerse en cada placer y no tener prisa en la relación sexual.
Debe comenzar estirando su pene sin forzarlo a estar duro de una vez. Sólo así comenzará a sentir el placer de tener el pene rígido. Y debe quedarse en ese placer y no querer pasar al siguiente placer. Para eso, debe penetrar despacio a la mujer y no ir más adentro de ella. Debe acariciar su vagina y subir su pene dentro de la vagina de ella, para tocar sus paredes. De esa forma, el hombre aprende a dar a la mujer un placer distinto que la mera penetración y no tiene prisa por acabar.
Una vez que siente su pene duro, comienza la fase de apertura de los huevos. En esta fase, el hombre experimenta en sus huevos una delicia que hace que sus huevos comiencen a crecer. Se siente pleno, realizado, de una forma especial. Este placer es el más importante para el hombre, porque de aquí le viene el ser hombre. Un hombre es hombre cuando abre sus huevos, cuando siente que sus huevos se abren. Entonces, el sexo para el hombre cobra otro sentido. Porque el hombre, en su sexo, es algo cerrado. Cuando está en reposo, el hombre no se siente hombre. Tiene un sexo, pero no sabe qué hacer con él. Sólo cuando sus huevos se abren, el hombre siente su sexo como es.
El hombre debe permancecer en esa apertura y no tener prisa en derramar. Porque una cosa lleva a la otra. Cuando vaya a derramar, debe detenerse y buscar otra postura, hacer otra cosa y seguir en la apertura de sus huevos sin derramar. Este es el mayor placer para el hombre. Cuando vive al máximo este placer, el derrame que se sigue tiene un sentido distinto, porque al derramar el hombre lo da todo a la mujer.
En el placer del derrame, el hombre descansa. Es un placer para descansar. No es un placer máximo. El hombre no debe buscar el placer del derrame como si fuera lo último en el placer. El placer del derrame es la consecuencia de vivir el placer de la apertura de los huevos, Cuanto más el hombre busque esa apertura y se mantenga en ella, más entenderá después el placer cuando derrama. Pero muchos hombre sólo buscan derramar y entonces no se realizan, en su sexo, como hombres. Y, por eso, dejan a las mujeres sin el placer que ellas quieren.

El hombre se hace camino en la mujer

Un hombre accede al recinto de la mujer buscando un camino, una puerta para su vida.
El hombre que está con una mujer y sólo busca un rato de placer, no sabe buscar a la mujer y no sabe hacer de esa mujer camino para su vida.
La mujer es camino para el hombre. Eso es su vagina: un camino, una puerta por la cual se entra.
El hombre, en su sexo, no es camino, no es puerta, sino que se hace camino cuando está dentro de la mujer. Y entonces su sexo marca a la mujer una guía en su vagina.
La vagina de la mujer es una muralla que sólo el amor puede penetrar.
El pene del hombre, cuando entra en esa muralla sin amor, no puede penetrar en el corazón de la mujer. Hará su trabajo como hombre en la vagina, pero no acariciará el corazón de la mujer.
Un hombre tiene que aprender a penetrar el corazón de la mujer. Porque penetrar su vagina es fácil, eso lo hace con su sexo. Pero penetrar en lo que esconde la mujer en su corazón, eso es sólo de hombres que miran a la mujer con deseo de amor, no con deseo de placer.
Son dos cosas muy diferentes en el hombre. El hombre desea a una mujer por placer cuando sólo quiere un poco de sexo con ella.
Pero el hombre desea a una mujer con amor cuando quiere algo serio con esa mujer, no sólo un poco de cama, sino llegar a ser parte de la vida de esa mujer.
Son pocos los hombres los que se comprometen con una mujer en su vida, porque la mayoría van a la mujer para satisfacer su ardiente deseo sexual, en que su pene se desarrolla y se usa por la mujer como un placer sin límites.
La mujer que no sabe dar al hombre un amor, sino que sólo le da un placer, hace de ese hombre un objeto de placer, pero no le enseña a amar.

El placer para derramar


El hombre busca en una mujer el placer para llegar él al orgasmo. Esa es la razón de por qué los hombres buscan a las mujeres. Hay otras razones, pero todas ligadas a ésta.
El hombre no está con una mujer sólo porque sea bella, inteligente, amante, sexy u otra razón. Está con una mujer para derramar su semen. Y hasta que no consigue hacerlo, no para de perseguir a esa mujer.
El hombre se ciega en su placer sexual. Así es todo hombre. Por eso, el hombre emplea sus palabras humanas para conquistar a una mujer. Y, por eso, es tan mentiroso con las mujeres. Los hombres prometen a la mujer muchas cosas materiales: dinero, una casa, una joya, lo que sea para ternerla para sí con el fin de derramar, de vez en cuando, en ella.
El hombre no sabe amar a una mujer, si la mujer no le enseña el camino del amor. Una mujer se cansa pronto de un hombre que la toma sólo por su objeto sexual. La mujer busca algo más en el hombre que su semen. El semen es siemrpe algo material que el hombre da a la mujer. Y una mujer no se acuesta con un hombre para tener su semen, sino para conquistar el corazón de ese hombre.
Pero una mujer no sabe conquistar el corazón de un hombre si sólo le da a ese hombre lo que quiere el hombre: sexo, derrame de semen, placer momentáneo. Tiene que darle al hombre algo más que eso. Porque, si no, perderá a ese hombre. Si la mujer sólo da al hombre el sexo, el hombre hará el sexo con ella porque es bella o sexy u otra razón. Y cuando deje de ser bella, etc, buscará a otra mujer. Por eso, la mujer es la que marca el camino en toda relación sexual. Es la que obliga al hombre a algo más que derramar el semen en su vagina. Y, para eso, la mujer debe conocer lo que es su sexo y marcarle un camino al hombre que está con ella.

La mujer es la que decide en la cama


En una relación sexual, el hombre y la mujer son distintos en su sexo.
El hombre es guiado al sexo por su razón. Él piensa que es bueno estar con una mujer. Él ya sabe lo que es estar con una mujer y le agrada eso que experimenta en su sexo. Y, por eso, para obtener ese placer de nuevo, va en busca de la mujer, aunque haya estado con una mujer hace poco. El sexo del hombre no descansa. Siempre está funcionando. Se mueve a hacer el sexo a pesar de que haya derramado y haya sentido el placer.
Sin embargo, la mujer es distinta. Busca a un hombre, no sólo para sentir un placer en su sexo, no sólo porque ve con su razón que es bueno sentir ese placer, sino porque su sexo lo desea. Y si su vagina no lo desea, la mujer no se mueve. Se moverá por otro motivo, ya sea para complacer al hombre, ya sea por otro motivo, pero no sentirá la pasión del sexo como la siente cuando quiere sexo con un hombre.
La mujer sabe definir más que el hombre cuándo está en el sexo por puro placer y cuándo está en el sexo por amor. Al hombre le cuesta diferenciar ambas cosas, porque siempre está pensando en hacer el sexo para conseguir su placer. No sabe hacer el sexo para dar el amor.
La mujer es sexualmente activa más que el hombre, porque su vagina se mueve a conseguir en una relación algo más que un mero placer sexual. La mujer sabe que hay algo más en la cama que un simple contacto carnal. Experimenta en su sexo y en su ser, sentimientos que el hombre no sabe experimentar, porque el hombre acaba pronto una penetración. Sin embargo, la mujer va más allá de un simple orgasmo.
Para la mujer, el orgasmo es diferente y dura más que el orgasmo del hombre. La mujer no siente el placer sexual para derramar, como lo siente el hombre. La mujer experimenta el placer y se queda en ese placer más tiempo que el hombre. El hombre, cuando derrama, se acabó el placer y las ganas por continuar. La mujer desea siempre continuar, llegar a algo más que un simple derrame de semen.
Es, por eso, que son pocos los hombres que sabe dar placer a una mujer. No saben comprender los deseos de su vagina. Se limitan a penetrar y derramar y después a descansar, como si hubieran hecho algo.
Una mujer que sabe lo que es su sexo, no se limita con un hombre a buscar el orgasmo del hombre, hace que el hombre quede vacío ante los deseos de su vagina. Que el hombre quede como muerto en su vagina, porque se ha dedicado a penetrarla muchas veces y a derramar, no sólo una vez, sino hasta quedar sin una gota.

La belleza de la mujer


La belleza de la mujer está reunida en su sexo.
Pero su sexo no es sólo su vagina, sino que abarca a toda la mujer.
No es solamente su cuerpo de mujer, sino su alma y su persona.
De todo eso, nace la belleza de una mujer, que no posee el hombre.
El hombre es bello, pero no por su sexo, sino por su dignidad de hombre.
Dignidad que sólo le pertenece por haber sido creado primero por Dios en la naturaleza humana. Después, fue creada la mujer, pero del varón, atendidendo a la dignidad del hombre.
La mujer fue creada con la misma dignidad del hombre, es decir, con la misma natutaleza humana, pero para mostrar al hombre lo que debe ser en la naturaleza humana.
Por eso, ver a una mujer es ver lo que el hombre debe ser como hombre.
El hombre aprende a vivir su vida humana de la mujer.
Es la mujer la escuela de todo hombre.
Y el hombre no aprende a vivir de otra forma, sino a través de una mujer.
Por eso, detrás de un hombre siempre hay una mujer. Y si no la hay, es que ese hombre no sabe vivir su vida humana según los designios divinos.
La belleza de una mujer es tan amplia que el hombre sólo la circunscribe a su sexo. Pero va más que su sexo.
Su sexo es bello, hermoso, pero tiene una función que el hombre no sabe aprovechar para su vida humana.
La mujer, en su sexo, ata al hombre a ella y le hace caminar según es ella.
Este es el poder que toda mujer tiene en un hombre. Y si la mujer supiera aprovechar este poder, ningún hombre estaría por encima de ella.
Es el poder del amor. Pero para usarlo, la mujer tiene que aprender a amar de Dios y así dará al hombre lo que Dios quiere.
Sólo la mujer sabe ser bella como Dios quiere. Y sólo ella sabe usar al hombre como Dios quiere.

El camino de una relación lo hace la mujer

En la mujer está una vida, que es dada por su sexo.
El sexo de la mujer es distinto al sexo del hombre.
En el sexo del hombre, está el placer y vive buscando el placer.
En el sexo de la mujer, está un camino y vive para encontrar ese camino.
Una mujer inicia una relación para algo en concreto. Un hombre la inicia para un placer.
La mujer quiere algo de ese hombre, no sólo quiere un poco de placer, sino que intuye que debe haber algo más.
Por eso, en el sexo, la mujer busca algo más que un encuentro placentero. Si se queda en eso, entonces, deja de ser mujer y es otra cosa.
Aun las prostitutas no pierden el sentido de su sexo, aunque su vida sea placer. Porque vive para conseguir un dinero, algo concreto, no viven para el placer.
El hombre vive para el placer en su sexo. No hace de su sexo un negocio, un fin concreto, sino un encuentro placentero.
En la mujer está el camino para el hombre. Si la mujer decide en su sexo darse a un hombre, entonces lo llevará hacia aquello que siente en su interior y que ella sabe mejor que el hombre.
Pero la mujer debe seguir ese camino que le indica su sexo. No debe seguir el camino del hombre, el que un hombre pueda indicarle, porque entonces deja de ser lo que es en su sexo.
Por eso, una relación no es tan fácil de llevar. Necesita mucho tiempo para ver cómo se camina junto a otro. Lleva toda una vida, porque ni hombre ni mujer sabe amarse de verdad al principio. Se gustan, se atraen, pero no saben darse sin limitaciones y sin condiciones.

El hombre debe someterse a la mujer

La mujer es la belleza del amor. En ella está el camino para el hombre, para que el hombre haga su vida desde la mujer, no desde su vida de hombre.

Si una mujer no sabe ser independiente del hombre, entonces se entregará a los deseos del hombre y hará la vida del hombre, pero no le marcará al hombre la vida que ella misma tiene en su ser.

La mujer está hecha para enseñar al hombre a vivir. Y, con frecuencia, la mujer aprende del hombre lo que es la vida y se pierde en una vida que no es la suya.

Cada mujer tiene que aprender, primero, a buscar su hombre en la vida. La mujer se pone metas muy altas al principio de una relación. Piensa en el hombre como un ser para un matrimonio y para unos hijos. Y el hombre no está hecho para eso.

La mujer debe, primero, conocer lo que es el hombre en su pensamiento. Como piensa, como obra, sus inclinaciones humanas, sus sentimientos como hombre. Si no conoce eso, después se le hará muy difícil un matrimonio y no soportará la carga de los hijos.

El hombre está hecho para dar a la mujer lo que la mujer desee. Para eso es un hombre. Y aquella mujer que no sabe dominar a un hombre en sus pensamientos y deseos, es que ese hombre no es para ella.

El hombre debe someterse a la mujer, no la mujer al hombre. El hombre debe alcanzar los deseos de la mujer, no ponerse como objetivo sus propios deseos de hombre. El hombre debe trabajar para la mujer, no hacer de la mujer la esclava de su trabajo y de su dinero.

Si la mujer no sabe buscar al hombre que la somete, entonces queda sometida por cualquier hombre. Porque al hombre le gusta dominar a la mujer, ponerla bajo sus gustos y pensamientos, que la mujer haga en la vida lo que el hombre quiere. Y eso es lo que no debe hacer un hombre ante una mujer.

El hombre tiene que someterse a la mujer, tiene que dejar sus pensamientos, sus deseos, sus gustos, su trabajo y acomodarse a la mujer en todo. Si no se hace esto, después en el matrimonio las cosas no funcionan. Y se tiene hijos que la mujer no quiere, sólo porque el hombre la domina en su sexo y decide derramar cuando no se desea ningún hijo.

Todo está aquí: en el sometimiento del hombre. Pero qué pocas mujeres saben ser independientes del hombre y marcar el camino al hombre.

La mujer: una vida independiente para amar.

La mujer es un ser para una vagina, es decir, lo propio de la mujer es tener una vagina. Sin la vagina, la mujer no existiría, porque su vagina está hecha sólo para albergar el pene del hombre.
Una mujer es, ante todo, un ser cálido, lleno de ternura, con un fin en su vida: dar el amor a un hombre.
Para eso fue creada la mujer, para ser del hombre y para el hombre.
Pero los hombres no saben lo que es una mujer. La usan en la cama y hacen con ella muchas cosas, pero no entienden lo que es una mujer.
La mujer tiene un espíritu independiente. Y cuando un hombre quiere gobernarla, ese hombre siempre desaparece de su vida, aunque le dé mucho placer en su sexo, o aunque la colme de riquezas y tesoros terrenales. Los hombres que quieren dominar a una mujer, acaban perdiéndola siempre, porque la mujer no se sujeta a nadie. Es el hombre el que debe sujetarse a la mujer.
La mujer tiene una razón para vivir. Su razón es de acuerdo a lo que es su vagina. Ella vive para una vida que le da su vagina. Por eso, está tan arraigada en ella la maternidad. Una mujer que no busque ser madre es que no ha entendido la razón de ser mujer. Un hombre que impida la maternidad de cualquier mujer, es que no sabe amar a la mujer.
La mujer tiene un fin en su vida: la de ser amor. Y es amor sólo en la medida en que se da a un hombre, en la medida en la que vive para un hombre, en la medida en la que es para un hombre. Es la mujer la que enseña al hpombre lo que es el amor y hace que el hombre viva para el amor. Si una mujer no pone como fin de su vida el amor, entonces, no será de ningún hombre, sino de todos. Porque el hombre no va en busca del amor, sino del placer. Es la mujer la que gobierna a un hombre en su vida material, humana y espiritual.

El orgasmo en la mujer

Una mujer en la cama necesita un hombre que la trabaje. Así, en el trabajo del hombre, la mujer puede llegar a su orgasmo. Con frecuencia, es el hombre el que alcanza su orgasmo antes que la mujer y ésta queda insatisfecha.

La mujer necesita que el hombre la penetre para que su vagina comience a crecer y llegue a un punto en que es necesario otra cosa del hombre.

El hombre acostumbra a penetrar, pero no siempre sabe penetrar. Hay que saber en cada momento lo que se necesita en la penetración.

Al principio, la penetración tiene el sentido de agrandar la vagina. Una vez agrandada, la penetración tiene el sentido del placer de la mujer. Por tanto, en este punto, el hombre ha de ir más lento en su penetración y más profundo en la vagina.

Ya no hay que penetrar para poder entrar. Ahora, se está dentro y se debe buscar el placer en la mujer. Ahora, hay que ir despacio, como saboreando el lugar de la vagina, sin tener prisa ni por entrar ni por salir. Hay que ir tocando los diferentes puntos de la vagina con el pene. Hay que levantar la vagina con el pene. Hay que penetrar hasta el fondo de la vagina, hasta que los huevos toquen a la mujer y ahí levantar la vagina, tocar su parte delantera por dentro. De esta foma, la mujer empieza a ver su orgasmo, en lo que hace el hombre.

La vagina de la mujer está hecha para dar forma al pene del hombre. Ella lo mete dentro y hace bailar al homnbre al gusto de ella. Así, toda mujer puede llegar a su orgasmo. El hombre tiene que esperar a derramar. Para eso, no puede ir como al principio, rápido. Tiene que ir lento en su penetración y como dándose cuenta de lo que quiere la mujer.

De esta forma, los dos quedan satisfechos en la relación. No sólo el hombre en su orgasmo, también la mujer en la delicia de su vagina.

La pareja en Dios

Pareja-de-la-mano-120134El amor a una persona es siempre lo primero en toda relación

Cuando un hombre y una mujer se aman deben, ante todo, tener en su corazón el amor para que lo que hagan en el cuerpo tenga validez en
Dios.

Porque muchas parejas se unen sin amor. Unen sus cuerpor, pero no unen sus corazones. Unen sus ideales, pero sin unir lo más íntimo de ellos, que es siempre aquello por lo que son y aquello por lo que existen.

Un hombre y una mujer no son dos cosas llenas de carne solamente. Es algo más. Los dos tienen alma y los dos tiene intereses no propios, sino de Dios que los coloca en sus corazones.

Por eso, para que un hombre y una mujer se unan en matrimonio, deben investigar en Dios qué Él quiere de ellos y que es posible hacer los dos juntos buscando la gloria de Dios.

Por eso, si los hombres y las mujeres están lejos de Dios nunca podrán entender lo que Dios quiere de ellos en el aspecto sexual, en su unión carnal. Solamente estando con Dios, hombre y mujer entienden lo que Dios ha escrito en sus corazones.