El hombre es la vida en su sexo

El hombre busca en la relación sexual el derrame de su semen. Sin esto, para el hombre el encuentro sexual carece de sentido. Porque un hombre que derrama es un hombre feliz en su cuerpo. Pero un hombre que no derrama es infeliz.

Esta consecuencia ha llevado a muchos a tomar la masturbación como una cosa buena para el hombre. La masturbación siempre es pecado. Pero el hombre no acaba de comprender esto, porque se siente feliz derramando su semen.

El semen es lo que define a un hombre en su sexo. Cuando un hombre no tiene semen, entonces su sexo no tiene fuerza. Porque la fuerza del hombre en su sexo está en abrir sus testículos para derramar el semen. Si el hombre no es capaz de hacer esto, se llama un hombre impotente.

La potencia del hombre en la carne se mide no por su miembro viril, sino por la capacidad de dar el semen. Aquel hombre que no puede dar el semen a una mujer es un hombre incapacitado para contraer matrimonio, porque no puede dar la vida y, por tanto, no puede tener hijos con ninguna mujer.

El hombre está hecho para dar la vida. Y este es su fin por el que contrae matrimonio: dar la vida que está en sus testículos. Si el hombre no hace esto en el matrimonio, entonces pone en peligro la integridad del matrimonio. Porque el matrimonio existe sólo para procrear hombre y mujer nuevas vidas. De otra forma, el matrimonio no tendría sentido. Porque es mejor vivir separados hombre y mujer, sin ninguna obligación, sin tener cargas de hijos, que vivir juntos pero obstaculizando la vida en sus encuentros sexuales.

El encuentro sexual tiene sentido entre hombre y mujer si está abierto a la vida. Sólo así hombre y mujer se perfeccionan uno al otro. Dios no ha hecho ni al hombre ni a la mujer para vivir separados, o para un encuentro ocasional. Los ha hecho para que se casen. El matrimonio no tiene otro sentido que unir dos personas de distinto sexo para que procreen nuevas vidas. Y, por supuesto, que en esto está todo lo demás. Porque no siempre el encuentro sexual va a dar como fruto una nueva vida. Pero siempre el encuentro sexual se tiene que hacer desde el amor, con amor y para el amor. Si no hay esto, ese encuentro sexual será muy bonito por el placer que se tiene, pero sin ningún valor ni para el hombre ni para la mujer.

El hombre es hombre cuando derrama dentro de la mujer. Y la mujer es mujer cuando recibe ese esperma del varón y lo lleva hasta las últimas consecuencias. Si no se da esto en el encuentro sexual, entonces el hombre será un animal que derrama en otra parte, o que se pone algo para que su semen no llegue a su destino, o hace otra cosa para impedir el semen. Y la mujer será también otro animal que por todos los medios posibles rechaza la vida que el hombre le da. Y de esta forma, esa unión sexual no formará ninguna familia. Y de ese matrimonio sólo nacerán problemas por falta de amor.

El hombre es la vida en su sexo. Y tiene que darla a una mujer en su vagina. Dentro de ella. Si la derrama fuera, entonces el hombre va contra la esencia misma de su ser. Derramar la vida fuera de la vagina es romper el ser del hombre. Porque el hombre está hecho para la mujer. Y es dentro de ella donde el hombre llega a ser hombre, cómo el hombre se realiza, cómo llega a perfeccionarse.

El hombre necesita la mujer para ser hombre. Pero la necesita para estar dentro de ella. Y la mujer necesita del hombre para ser mujer. Pero lo necesita para acoger al hombre en ella. La mujer es siempre acogida. El hombre es siempre don. La mujer acoge el don del hombre con el amor. Y el hombre da la vida con la verdad de lo que es. Su verdad es su semen, hecho para la vida. Y su verdad penetra a la mujer y produce la vida.

El hombre y su función

Si el hombre no busca a la mujer por amor, entonces la busca en la carne. Y entonces el hombre deja de entender que ha sido creado para amar.

Dios quería del hombre el amor, pero para eso creó a la mujer. Porque el hombre no era amor, sino que él tenía otra función.

En él Dios puso la vida, pero esa vida no podía comunicarla a nadie. Y entonces Dios creó a la mujer para que el hombre pudiera dar esa vida a la mujer.

Pero el plan de Dios era que esto fuera hecho por amor. Pero el hombre no comprendió los designios divinos. Y entonces pecó con la mujer. Es decir, se unió a ella carnalmente, pero sin amor. Desde ese momento, el hombre busca a la mujer siempre movido por el deseo de la carne, no por el amor.

En el plan de Dios, el hombre estaba destinado a dar la Palabra de Dios. Por eso, en el hombre predomina la razón, la inteligencia, el saber. Pero esto con el pecado hizo del hombre un ser soberbio, orgulloso, presuntuoso. Y, por eso, el hombre no sabe amar porque se guía desordenadamente por su razón. Y lo que dicta su razón eso hace. Y lo que no dicta su razón, eso no lo hace. A esto se le llama soberbia. Y entonces en la soberbia, el hombre no puede amar, porque es guiado por el desamor.

El hombre fue creado por Dios para la mujer. Pero la mujer, en el plan de Dios, era el amor. Ella no es la razón. En ella no predomina el saber. Esto no significa que ella carezca de inteligencia. La tiene. Pero en ella predomina el amor. Y el amor da una inteligencia superior a la que se adquiere con la razón. Por eso, la mujer comprende más que el hombre. Y está más en sus cabales que el hombre.

El amor es la inteligencia del espíritu. Y esto significa que quien ama es guiado por Dios en su espíritu. Ya no es guiado por la razón, sino que la razón aprende las cosas por medio del espíritu. En su espíritu humano recibe el hombre de Dios la enseñanza para que se mueva según lo quiere Dios.

Por eso, la fe está en dejar de razonar y en ser enseñados por Dios en el espíritu. Este es el paso que todo hombre debe dar si quiere caminar seguro en medio de esta oscuridad. Porque solemos guiarnos en todo por la razón. Pero esa razón no está iluminada por la fe, es decir, por el Espíritu divino. Y el hombre se pierde inevitablemente. Porque con la razón no capta ciertas cosas de él mismo, sino que en él se producen oscuridades que la razón no puede resolver.

En la cuestión sexual, la razón no entiende algunas cosas porque la razón no penetra en el espíritu.

El sexo es algo espiritual. Es decir, el cuerpo tiene un sexo, unos órganos sexuales. Pero estos órganos son en función de lo que hay en el alma de la persona humana.

El hombre está en una carne masculina. Sus órganos genitales son porque el hombre es hombre en el espíritu. Entonces, en los órganos genitales del hombre se encuentra el semen. El semen es la vida que Dios ha puesto en el hombre para formar otras vidas. Este semen se da a la mujer de una forma no común. Es decir, para darla el hombre debe penetrar a la mujer y derramar allí, dentro de ella. De esta forma, el hombre da la vida que Dios le ha puesto, y la mujer recibe esa vida para que nazca de esa unión un hijo.

Este proceso requiere que el hombre sea hombre, y la mujer, mujer. Es decir, en el hombre está la vida. Luego, el hombre es vida. La vida es siempre activa, nunca está muerta. Por eso, al hombre le gusta más estar en movimiento, estar en activo. No le gusta estar pasivo, sin hacer nada.

Pero al hombre le gusta la actividad de diferentes maneras, pero siempre utilizando su mente. Con su mente, el hombre penetra en las cosas. Su sexo penetra. También su mente. Por eso, en el hombre está la razón que penetra. La razón que analiza, que sistematiza las cosas. La razón que crea, la razón que organiza. Esto es el hombre en lo espiritual. Y en lo carnal, refleja lo que es el hombre. Antes está lo espiritual, después lo carnal. Dios crea el cuerpo del hombre según es el hombre en el espíritu.

Cuando el hombre penetra con su razón las cosas, pero movido por el amor, entonces el hombre está amando, porque está dando la verdad. La razón es guiada por el amor hacia la verdad. El hombre descubre la verdad y la manifiesta. Y en esto está amando.

Con su sexo hace lo mismo. Cuando el hombre penetra a la mujer con su sexo movido por el amor, entonces está amando a la mujer. Si lo hace sólo movido por el deseo carnal, entonces no la ama, sino que la usa como objeto de carne.

Y cuando el hombre penetra con su razón las cosas, pero movido por otros intereses, no por el amor, entonces el hombre ya no da la verdad, sino que obra la mentira.

Esto es el hombre. Y debe entenderse de esta manera para que él aprenda a usar de su sexo como conviene al hombre.  Sin este uso correcto, el hombre sólo se pierde en el laberinto carnal, porque va a utilizar su sexo para el mal. El hombre está más dispuesto, por el pecado, a usar del sexo de forma desordenada. Porque tiende a penetrar. Y entonces lo quiere penetrar todo: mujeres, hombres, animales.

Esta es la encrucijada del hombre que se desconoce a sí mismo. Muchos hombres perecen en el sexo porque desperdician la vida que Dios ha puesto en ellos. No acaban de comprender esa vida. Es una vida sagrada, porque todo cuanto Dios crea es sagrado, es algo santo. El hombre y la mujer, en el sexo, son recintos sagrados en donde se va a formar una nueva existencia. Ese nuevo hijo tiene un alma creada por Dios. En ella va a vivir Dios de una manera excepcional. ¡Y cuántos matan esa vida por no entender bien para qué sirve el sexo!

Si el sexo sólo se usa por placer, entonces el hijo no tiene ninguna relevancia. Es algo que molesta. Y, por eso, se le aborta.

Pero si el hijo tiene su valor como fruto de lo que Dios ha puesto en el hombre y en la mujer, entonces la persona humana adquiere el valor de lo sagrado. Porque donde está la vida, allí está la perfección del amor. Y esta perfección apunta a la santidad de Dios. Dios es santo porque es Amor. Pero Él no puede crear nada sin imprimir en lo que crea el sello de su santidad. Por eso, el aborto es un crimen que va contra el amor de Dios, ya que destroza lo sagrado que Dios ha puesto en el hombre y en la mujer.

La masturbación es pecado grave.

La masturbación es un pecado grave que Dios condena, porque la persona que se masturba busca un placer en su cuerpop al margen del amor.

El que se masturba quiere el placer en su cuerpo. Ese placer se consigue de muchas formas, pero la principal es llegar al orgasmo.

El orgasmo, tanto en la mujer como en el hombre, es alcanzar un punto de placer donde el cuerpo destila cierto líquido. Este líquido puede ser semen u otra cosa parecida al semen, pero que no es semen.

La mujer tiene un líquido segregado de su cuerpo parecido al semen, pero que no tiene vida. Ese líquido se saca masturbándose su vagina y ciertas partes de su cuerpo.

Cuando la mujer y el hombre se masturban juntos, entonces intentan llegar a ese orgasmo pero sin utilizar ni la vagina ni el pene. Sino a través de la mano, dedos u otros utensilios que se hacen para esto. Esto es malo porque va contra la naturaleza humana, porque Dios ha puesto el semen y el líquido vaginal para otra cosa que para extraerlo con la masturbación. El semen es vida y el hombre la da a su mujer para fecundar y así tener un hijo. Y el líquido vaginal es para albergar el posible hijo que nazca en el contacto carnal.

El semen se derrama por el orgasmo del pene en la vagina. Entonces, el hombre llega a perder el sentido momentáneamente. Está como fuera de sí, y después de esto, tiende a descansar, a relajarse.

El líquido de la vagina de la mujer se derama por el orgasmo de la vagina. Entonces la mujer llega a su climax y se siente feliz teniendo en ella el pene de su hombre. De esta forma, nace la vida movida por el amor.

Pero en la masturbación no hay amor, hay sólo un placer ilícito que el Señor no quiere. Por eso, va contra la misma naturaleza humana, y acaba por esterilizar tanto al hombre como a la mujer si continuamente se mastruban.

Lo que se hace contra la naturaleza, después con el tiempo, ésta acusa recibo, y por eso, muchos hombres y mujeres tienen enfermedades en su sexo por su masturbación.